La banda sonora de una cuarentona

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Así suena la vida mía a los 40 y más. A guaguansón, a Barretto magistral, a Niche remasterizado y a la niña más linda del Chévere de la Salsa.

El guaguansón es un baile muy sabroso
el guaguansón es un baile muy sabroso
Báilalo despacio y tú verás qué sabroso es
báilalo despacio y tú verás qué sabroso es

El baho-kendé-kendé-kendé, el baho-kende. Con o sin acento. Depende como lo lleve la campana o lo acompase el bajo. O como lo cante el coro que acompaña a Andy, en los años maravillosos de El Gran Combo. O en la voz de Celia y La Sonora. O la del mismísimo Piper Pimienta. O en la de Óscar D’León. O en la versión antiquísima del folclor cubano. Sin duda, el Baho-kende es la mejor excusa para iniciar este viaje musical al que me invita Salsa sin Miseria,  y en el cual elegí diez temas para contarles cómo es que esta cosa bella que llaman salsa me palpita plantación adentro, camará.


El baho-kende que revivió en las playlists de 2017 y que el 28 de diciembre retumbó en Míster Afinque, al cierre de una noche fantástica en el Encuentro de Melómanos y Coleccionistas, es uno de mis más gratos descubrimientos tardíos de la salsa y ya instalado en mi banda sonora. De manera obsesiva, como tanto nos pasa a los que sufrimos una especie de esquizofrenia musical, la busqué a inicios de año, repitiendo el sonsonete de su coro a varios conocedores y nadie me daba con el chiste. Fue Luis Carlos Delgado, de Amison, de rumbayguateque.com, uno de esos personajes bellos que nos regala la afición, quien me ayudó a rescatar su nombre, parados en el corredor de hospitalización de la Clínica Imbanaco. Luego, rodeando su celular, como si fuese una especie de milagro, estábamos ahí ‘piantaos’ Nancy Perafán, mi mamá; Esperanza Perafán, mi tía la melómana, Fernando Cardona, otro melómano máster, Luis Carlos, Zoraida Ramos, su señora, y yo oyendo el baho-kende. Ah, qué bello momento de la vida.


Siguiendo con las rarezas, con esos nombres indescifrables que espero que algún erudito salsero me explique, echemos a rondar el Ban ban quere del Barretto de los setenta, la bella época de la salsa nuyorriqueña, cuando se produce el milagro de escuchar tantas bandas que suenan de manera sublime. Ahí surge el Ban ban quere, en un álbum de 1975, con un Rubén Blades que viene de trabajar en la oficina de correo de Fania, recomendado por Richie Ray y Bobby Cruz, y acompañado en la misma audición por Tito Gómez, quien años después escribió su última página de amor, el 11 de junio de 2007, en nuestra tierra. Cómo amé descubrir parte de la historia de este tema que parece una ópera prima de la salsa, en el libro Ray Barretto Fuerza Gigante de Robert Téllez, que tuve el gusto de presentar en la pasada Feria del Libro.

Ban ban ban
ban ban quere, mamá
ban ban quere

Otro descubrimiento tardío como tantos, como los mejores, que llegan al alma cuarentona; sin más pretensiones en la vida que disfrutar de la música. Porque ya a estas alturas no estamos pa’ poses, ni para presumirle nada a nadie. En últimas, el amor es espontáneo, de las entrañas. No de citas luminosas. Eso se lo dejo al coleccionista bello que anda por las audiciones de esta ciudad, con su maletica cargada de vinilos, historias y con la Wikipedia salsera, construida a pulso, en los anaqueles de su hemisferio derecho del cerebro.


Ahí en ese mismo rincón emocional estará siempre una bella canción de Cano Estremera, cuya versión original es de Steve Wonder (It’s you) en la película La chica de rojo, detalle de fina coquetería que aprendí en la audición Del Rock a la Salsa, que el juicioso melómano Wilmer Zambrano nos dio en noviembre de 2015 en la Casa Latina, adonde fui con la tía melómana Esperanza Perafán, las primas Carolina y Ana María, Pablo Rico y DJ La Mami. Lo que resultó un momento de antología, porque esta siempre había sido de las mías, de mis canciones más buscadas, sin aún conocer su origen.

Es algo que flota en el aire
y que me invita en ti a confiar
y es que tengo y es que tengo y es que tengo
y es que tengo y es que tengo y es que tengo
muchas ganas de amar…


De orígenes poéticos está llena la salsa. Como esa joya de la cubanía que la voz de Mayito Rivera convierte en una pieza infaltable de la colección vanvanera de Juan Formell.

Yo soy el poeta de la rumba
soy danzón, el eco de mi tambor
soy la misión de mi raíz
la historia de mi solar
soy la vida que se va,
ay, que se va…

Soy todo. Poema de Eloy Machado, que en 1970 se lo entrega a Formell y este lo convierte en himno. Alguna vez le leí este dato a un periodista y melómano consumado, Ossiel Villada, y entonces comprendí el porqué tanta belleza, de una pieza que no puedes oír sin evitar entrar en el trance de la timba, del tambor batá, del ritual yoruba.


¡Ay, Dios, ampárame! De esa misma salsa cubana, de la timba que en Cali llena pistas en Cimarrón, en La Topa Tolondra y en tanto templo salsero, me viene esta que adoro, de un hombre que descubrí una década atrás con ese No me mires a los ojos, pero que tiene tantas, pero tantas bellas: don Issac Delgado, ¡cómo te amamos en la Sucursal del Cielo! Canciones como Ayúdeme señora, Ajena, Tú tienes magia, Qué pasa loco… Todas las escuchamos en su concierto de la Carpa del Club San Fernando de 2016, junto a Alexander Abreu. Pero para esta selección de mis mayores afectos me quedo con:

Ella es auténtica, como yo la quería
y más romántica, como no lo sabía
y hasta me entiende en las mañanas
me comprende en las semanas
y cuando falta algo, que no tengo
como una musa, oye, aparece
y mira que aparece…


En esta década bella que transito, cuando la vida se siente a 45 revoluciones por minuto, cuando comprendes que el tiempo pasa de prisa y hay que pasar la vida siempre alegre, he sentido las ausencias de dos grandes a los que amé desde niña, a uno por herencia de Nancy, mi madre, Cheo Feliciano (17 abril de 2014) y al otro, por herencia de Dago, mi padre: Raphy Leavitt (5 de agosto de 2015). Cómo dolieron ambas partidas. Y cómo las mismas redimensionan el enorme valor de su música de la que está llena la banda sonora personal ampliada, que no me cabe en estos párrafos.

A mi Cheo, Sobre una tumba humilde le canto siempre, A las seis, Salí porque salí, la canción de la india de raza cautiva, su Amada mía, su Franqueza cruel, su El ratón, El pito de sus inicios con Joe Cuba… I’II never go back to Georgia…
Pero hay una versión suya en bolero que se queda anclada al recuerdo de una jovencita de 22 recién cumplidos, en la pista de Zaperoco, el 23 de diciembre de 1995. Ese bolero sentido fue la banda de fondo del primer beso del hombre con que a los 25 años me fui al altar: Guido Correa. No podría ser de otra manera. Tenía que ser arrullada por la música de un grande.

Canta, si olvidar quieres corazón
canta, si aliviar quieres tu dolor
ay, mira, mira, pero canta
si el amor hoy de ti se va
canta, que otro volverá


Del Raphy, del hombre de Siempre alegre, de La cuna blanca, del Buen pastor, el ejemplar, el que nunca dio lora con vicios ni escándalos, el que hizo de su orquesta una Selecta elección de músicos que incluso hoy, después de tres años de su muerte siguen juntos acompañando a Sammy Marrero y Carlitos Ramírez. Del Raphy me quedo con esa intro bella que despliega en su piano, luego aparecen los demás instrumentos y lentamente entra la voz de Sammy.

Chiquilla…
que cuentas tan escasas primaveras,
ya puedes comentar que eres mi dueña,
que me has robado todo el corazón.
Chiquilla…
qué bello es tu mirar y tu sonrisa,
tienes un no sé qué que me fascina,
un algo que no puedo ni explicar…


No quisiera traicionarme en los recuerdos de una banda sonora que parece reescribirse. Porque hay música que viaja contigo, siempre. Transgeneracional. Como Pedro Conga, como la Mulenze, Los Rodríguez, La Ponceña… como Roena, como El rey Maelo, hoy ausentes en este relato, pero siempre conmigo.
Como el Grupo Niche y Guayacán. Como las voces que crecieron contigo, en la adolescencia que las vio en su mayor apogeo. Sonando en cada rincón de esta Cali Pachanguera. Ambas orquestas tan nuestras. Tan mías. Tan difícil elegir alguna sola allí. Pero a las urnas se va con un nombre. Y el mío será siempre el de esa tierra buena, ligada también a mi nostalgia adolescente, cuando iba una y otra vez a verla, de la mano de la tía Clema. Qué lindo la cantó Álvaro Del Castillo, grande y pleno.

Allá hay cariño, ternura,
ambiente de sabrosura
Los cueros van en la sangre
del pequeño hasta el más grande
Son niches como nosotros,
de alegría siempre en el rostro
A ti, mi Buenaventura,
con amor te lo dedicamos…

Buenaventura y Caney, la que uno siempre siente cuando algo le pasa a mi ‘Tura’. Y cuando quiere comprender de dónde viene toda esa mística Niche. La de Al pasito, Primero y qué y tantas más. La de ese Niche revitalizado que suena tan elaborado de la mano de José Aguirre.


Hay temas eternos y otros que se vuelven a amar, quizás incluso con más fuerza que la primera vez. Eso es lo que me pasa con Los Lebrón, redescubiertos, entrevistados, fotografiados y disfrutados. Entre tantas de sus joyas me quedaría con Prenda perdida o Llegará tu caída, como prefiera llamarla, por el recuerdo que me trae de un diciembre de 2015 en que los entrevisté en una casa caleña, invitada a un ensayo suyo por Carlitos Penagos, como antesala a su concierto magistral de los 50 años. Ahí la que prepararon una y otra vez fue esta plena. Cómo suena y anima siempre la rumba caleña, sobre todo en la versión de Luisito Ayala.

Cómo fue
que yo dejé
que tu amor fuera mi caída
prenda perdida
Mi dolor
solo pensar
que fui fiel y tú me fallaste
con tu caída


Cuántas canciones que no caben en un par de estrofas de la historia. Cuánto camino recorrido y cuántas de ellas ahí, siendo testigo de tu vida, de tus dolores, de tus risas, de lo que comprendes y de lo que no. Quizás por eso siempre vuelvo a esta, para que Chamaco Rivera me la repase al oído. Para que la altura del maestro Willie Rosario, incapaz de traicionarse a sí mismo por la fama, como nos lo contó en una entrevista reciente a El País, me contagie de eso que sabiamente va así:

Que yo no sé
pero no acabo de comprender
la vida
Unos que sufren porque no tienen
ni qué comer
En cambio otros lo tienen todo
y también se quejan de la vida


Así suena la vida mía a los 40 y más. A guaguansón, a Barretto magistral, a Niche remasterizado y a la niña más linda del Chévere de la Salsa. A timba vanvanera, a golpe Lebrón, a los amores eternos que tengo con Cheo y Raphy y a la emoción de haber visto por fin, en vivo, en el Jorge Isaacs, a Míster Afinque: el maestro Rosario. Cómo se siente de linda la música en esta ciudad. Cómo se perpetúa gracias a gente como la de Salsa sin Miseria. Y a tantos colectivos y grupos de melómanos. A las salsotecas del oriente y a los bares alternos del centro. A las discotecas del parque Alameda. A los templos del Obrero. A las audiciones espontáneas. A tantos rituales y rincones más…

Como diría Andresito Caicedo en esa inmortal vivencia que nos describe tanto: ¡que viva la música! Que viva la saaaaalsa, el montuno, el son, la timba, el guaguancó y el bolero siempre, en esta bendita ciudad divina, que tanto nos fascina y nos domina el corazón…

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